lunes, 15 de septiembre de 2008

EL ESTRENO

Cuando eres joven tienes la licencia de poder descubrir muchas cosas que tal vez te fueron negadas o prohibidas durante la adolescencia. Al menos en mi caso fue así aunque confieso que en ocasiones traspasaba las fronteras de lo permitido saltando como atleta las reglas de la sana competencia. Y más aún en los menestorosos avatares del tema que converge en este espacio: el Amor visto y vivenciado por un joven que traspasó la barrera de los 30. Es divertido echar un vistazo al viejo cuaderno de la secundaria y recordar los nombres de las personas que alguna vez hicieron temblar mis piernas y enmudecer la sin hueso: No puedo evitar sonreír y trasladarme a esos momentos que guardo como "so sweet" y sentirme como Kevin Arnold balbuceando o pretendiendo enlazar una palabra cada vez que me cruzaba con esa niña que caló en esa etapa de mi vida. Al menos, mis monosílabos eran firmes y sonoros: "Sí", "No", "Ya", se habían convertido en las muletillas reproducibles de mi pobre vocabulario de adolescente imberbe. Improductivo y sin más pretensiones que caminar de la mano con tu mejor amiga no conseguí nada en esos cinco años de búsqueda de identidad propia.

Sin embargo fue en tercero de secundaria cuando sucedió algo sorprendente. Lo acabo de confirmar porque tengo entre mis manos una dedicatoria de una chica quien realmente me gustaba y por mi inexperiencia de los 14 años no logré conquistarla pese a que estaban todas las condiciones para que ello sucediera. La conocí de manera circuntancial. Fungía de acólito -hasta ahora me pregunto si hubiera funcionado eso de elegir la carrera sacerdotal, en fin! - en una Parroquia del distrito del Rímac. Mi abuela vivía en dicho distrito y la visitaba los fines de semana. En una de las continuas visitas recibimos junto con mi hermana una invitación para participar en una actividad por el Día del Niño y desde ese día nos involucraron, por no decir, nos arrestaron sin mayor requisito y formalidad de por medio que la clásica retórica que utilizan para retenerte "la vas a pasar lindo, recibirás dulces y harás muchos amigos". Y como todo niño bueno - por no decir tonto - me dejé seducir por la blanca sonrisa y el rosado brassiere de la joven recluta. Admito que me divertí mucho aquella tarde así que volví con mi hermana a la semana siguiente y así lo que inicialmente calificaba de "batida religiosa" se convirtió en mi nuevo "point" antiaburrimiento. Jugábamos por las tardes, hicimos muchos amigos y fue en el corto plazo cuando conocí a uno de mi contemporáneos quien me invitó a participar de la "preparación" de una nueva generación de acólitos. ¿Con qué se come ? ¿qué es so? me preguntaba sin tener la mayor referencia de lo que significaba. Me explicaron en un dos por tres que el local que visitaba era parte de la actividad social de la iglesia donde se brindaba catequésis a niños, adolescentes y jóvenes y que al mismo tiempo era la cantera de los futuros acólitos: monaguillos que ayudaban en las celebraciones eclesiásticas. Acepto! afirmé categórico sin saber poco o casi nada de lo que había hecho. La verdad no me importó en esos momentos. Mi deseos de experimentar nuevas cosas no detenían mis pasos ni mis emociones. Tenía que estar en la palestra. Así que sin más patrimonio que dos monedas en los bolsillos y el espíritu aleteante me introduje en la sacrosanta cofradía. Tras 18 meses de ayudar a servir el vino previa a la eucaristía- en realidad lo probé antes de ser consagrado en más de una ocasión en que Fray Felipe se ausentaba de la récamara posterior al altar - sonreír para los fotos de los recién casados los sábados por las noches, confesarme cada semana sin nunca revelar que parte del vino había tenido como destino final mi virginal gargante, llegó Luis Enrique a integrarse a esta legión de mozalbetes que más tenían de fieles de Mefistófeles que del Crucificado. Era un chico de apenas 12 años, ojos claros, mirada tenue y nobleza inquietante. Me cayó super bien desde un inicio así que poco a poco nos hicimos amigos. Vivía apenas a una calle del templo y comenzamos a tratarnos como dos viejos residentes de hospicio geriátrico. Empecé a enseñarle todo lo básico para desempeñarse como acólito, en otras palabras se convirtió en mi pequeño saltamontes. Aprendía rápido y pronto hizo su debut sobre el altar mayor un sábado por la tarde. Vestido con la típica túnica carmesí lo bueno estaba por venir.

Luis Enrique invitó a su hermana para que asistiera a la misa donde se iniciaría en estas lides: una linda chica de vestido crema que llegaba hasta por debajo de las rodillas, cabello arreglado, y con una mirada tan dulce que cautivó mi mirada. Se sentó en la segunda fila de la banca y desde la rejilla de una puerta lateral observaba cada línea y curva que dibujaba su semblante.

Al final le pregunté: Luis ¿quién es esa chica?
"Es mi hermana, se llama MC"; respondió con la candidez y soltura de siempre.
¡¡¡¡¡¡Tu hermana!!!!!, replicó mi mente que estallaba de alegría, entusiasmo, gozo y sobresalto de todo púber cuando experimenta esa sensación cool cuando conoces a la "chica ideal". Me propuse conocerla asi que sin más preámbulos me mudé de ropa y salí raudo a la puerta arreando contra la voluntad de su hermano para que sirviera de diplomático de ocasión y conseguir mis objetivos finales.

-"MC, él es Mitchell", dijo mientras introducía su camisa por debajo del pantalón.
-Hola, respondió con una sonrisa implacable.

- Me alegra conocerte, contesté tratando de evitar que cualquier fluído se filtrara de la boca y me pusiera en abierta evidencia.

-Bueno, ya nos vamos...te veo mañana amigo, afirmó mientras avanzaban por el zaguan hasta perderse en el horizonte de la noche. Había quedado flechado, enamorado, embobado ante una niña que apenas había cruzado un par de palabras y sólo el silencio habló por mí.

Poco tiempo después del primer encuentro empecé a llamar por teléfono a Luis para saber cómo estaba. En realidad tomé como excusa llamarlo porque apenas dos minutos de conversar con él inmediatamente le pedía que trasladara el auricular a su hermana. Al principio esta estrategia me dió resultados pero a la tercera ocasión ello cambió pues MC intervino de forma radical: "la próxima vez que quieras hablar conmigo pide por mí y no por mi hermano", sentenció con una frialdad de inquilina de pueblo esquimal. Me dejó lelo. Sin más feedback que sirviera de retorno me sometí a su inusual pedido. Sin embargo, ante una situación compleja siempre trae un beneficio y es que a partir de ese momento ya no perdería tiempo y dinero - compraba mis fichas RIN para poder llamarla ya que por esos años aún no contaba con teléfono fijo y obtenerlo era más difícil que jubilado categoría "A un paso de Campo Fe" consiga el pago de su jubilación en la ONP versión de los 80`s. Así que todos los miércoles la llamaba religiosamente a las 7:00pm. donde ambos nos narrábamos lo que hasta ese momento habíamos realizado en nuestras noveles agendas de escolares de la secundaria. Como sólo manejaba propinas apenas 15 minutos - tomaba dicho encuentro auditivo- que bastaba para paliar el sediento corazón por lo que aguardaba el fin de semana para enrumbar a la casa de mi abuela Lucila-falleció hace tres años víctima de un cáncer generalizado- quien me recibía con un suculento lonche, postre y abrazos a raudales. La distancia entre ambos predios era de cuatro cuadras recorriendo parte de la Alameda de los Descalzos que por esos años era un paso de visita obligado por los buses de turistas que visitaban la capital. Recuerdo que todos los sábados por las mañanas y tardes modernos buses como los que continúan trasladando a los gringos descendían para conocer y recorrer este histórico lugar que sirvió de refugio para rendir culto al más preciado de los sentimientos: el Amor. Aquí donde La Perricholi le regalaba coquetas miradas a un desbocado virrey que sucumbió ante sus encantos las parejas de enamorados tomaban por asalto sus frías bancas de mármol las cuales hervían de calor al son de caricias, solapados contorneos y fricciones de anatomías cómplices bajo la sombra de la noche o del repentino atardecer. Recuerdo con absoluta certeza haber visto una pareja practicando sexo con ropa al son del desesperado y estúpido argumento: "nadie se va a dar cuenta", cuando apenas estaba tres metros de distancia. En fin, en el recodo del camino divisaba la casa de MC frente a la Alameda de los Bobos, una linda casa de dos plantas con buena vista, un jardín en la entrada defendido por una reja y el muro divisorio del inmueble vecino que me serviría de apoyo cada vez que la visitaba. Mi cita era cada domingo a las 4:00pm. dialogábamos de todo y por horas: hobbies, música, deportes, conciertos, artistas favoritos y cuando se gastaba el menú de temas las miradas hablaban por nosotros. Vivíamos un amor en silencio que no necesitaba de ningún otro código o señal para asegurar que ambos nos queríamos, amábamos y respetábamos. Ambos de 13 años, del mismo mes, en el mismo grado, participando en la misma iglesia y de intereses comunes auguraba que ella sería mi chica para siempre. Lo mejor vino en su cumpleaños, un 26 dejunio, donde me presentó a su familia y sus amigas del colegio. Llegué con retraso programado a fin que mi arribo sea esperado no sólo por ella sino también por todos los interesados en conocerme: tíos/as, primos/as, amigos/as etc.; causé el efecto esperado pero luego me sentí abrumado ante las acosadoras miradas de los asistentes. Claro que lo más llamativo de mi presencia fue mi estilo de baile ya que por esos años practicaba con mucho éxito un paso que luego bautizé como "salsa pegadita", es decir, con un pausado redoble de pasos y su cuerpo se estrellaba contra el mío provocando el estupor ante tan prohibido baile que incitaba -según por la mirada de la concurrencia- las bajas pasiones. Me llegaba al tuétano y seguí bailando no sólo con MC sino también con su prima quien muy gentilmente accedió a la pista de baile la cual terminó por coquetearme y obviamente me enteré después que MC se enojó mucho con ella por haberse insinuado ante su "pretendiente".

Después de ello, las cosas no cambiaron mucho, la rutina dominical de visitarla, llamadas a discreción pero tras varios meses de "no declarado amor" ni siquiera había rozado la comisura de sus labios que invitaban a disfrutarlos como los turrones en octubre. Se había hecho esperar tanto y nada de nada. Empezaba a preocuparme y a mellar mi paciencia. Estaba inquieto y la paciencia empezaba a despojarse de mi alma. Inmaduro, insensanto quería que se consumara mi relación con un beso y ello no se daba. Decidido intenté besarla una noche cuando la tomé entre mis brazos en la puerta de su casa, el viejo espacio y mudo testigo de siempre, retiró mi brazo de sus hombros y cambió de un sólo click la conversa como cuando haces zapping y me dejó en el aire.
- ¿Qué sucede?, pregunté.

- No hagamos nada apresurado, repusó mientras detenía mi aguerrido intento como semáforo en luz roja. Estaba al borde de un ataque de histeria. No entendía por qué actuaba así...y lo más tonto fue que nunca se lo pregunté...me hubiera ahorrado la dosis de "depre" que ebulle cada vez que se termina o te terminan un relación.

Las siguientes semanas agudizaron mi descontento hasta el punto de no continuar haciendo lo mismo. Es que por naturaleza soy una persona que puede desarrollar una rutina de manera temporal...luego de ello...necesito liberarme y reestructurar mi esquema de vida de forma integral. Hasta que llegó el detonante que dio el tiro de gracia a esta incipiente y no besada relationship: la llamé por teléfono y no recuerdo con exactitud quien me contestó. Lo respuesta que recibí fue..."está ocupada, llámala en 15 minutos". No volví a llamarla ni a buscarla nunca más. Dura y radical había sido mi tácita respuesta. Poco tiempo después dejé de asistir a la Iglesia y volví a los fueros del entorno más cercano: los amigos del barrio. Pasó como dos años antes que volviera a verla....nunca me pidió una explicación. Nos saludamos cordialmente y sólo atiné a decirle: lo siento. Y en verdad lo sentía. Muy tarde comprendí que esa chica ideal realmente valía la pena. Se veía hermosa, mucho más desde la última vez que la ví. Alejado de su vida, del distrito, de la Iglesia...recuerdo que los últimos años cuando estaba en la universidad quise retomar contacto con ella. Fuí a su casa y el vecino me infomó que toda la familia se había mudado a Moquegua o Tacna. No estaba seguro. Creo que no quiso revelarme ninguna pista de ella. Además habían transcurrido 10 años desde esa última vez de nuestro último encuentro. Bueno, por ese año mi abuela se mudó también y con ella el último familiar directo en el tradicional distrito. No había motivo para desplazarme por esos lares que empezaba a cambiar de forma y de fondo. Si más rastro de ella volteé la página y continué con mi vida hasta que hace el año pasado decidí ejercitar lo que aprendí en las aulas universitarias: el periodismo de investigación.

Empezé a buscar infomación de MC y grande fue mi sorpresa cuando descubrí que reside en la ciudad heroica...sí....en la repatriada zona franca decidió asentar raíces. Tengo su número telefónico. Presumo que es madre de familia y una buena esposa....siempre se caracterizó por tener un noble corazón y espíritu solidario. Es lo que arguyo, no es un dato confirmado. Pero realmente y, si llegas a leer estas líneas, quiero desearte toda la felicidad del mundo, que Dios te bendiga ricamente a tí y tu familia. Te considero una maravillosa persona, que de las pocas, dejaste un grato recuerdo en mi corazón. Un abrazo muy fuerte para tí.








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